IMPERII,  OPINIÓN

¿Qué es eso del dispensacionalismo?

¡Qué cansancio provoca escuchar, año tras año, los mismos lamentos, excusas, amenazas, y promesas hueras de una tierra prometida que nunca llega, aunque siga exactamente en el mismo lugar! Esto es lo que evocan Palestina e Israel. Porque todas las ecuaciones y soluciones están en el lejano oeste americano. Israel es su 51º estado. La […]

¡Qué cansancio provoca escuchar, año tras año, los mismos lamentos, excusas, amenazas, y promesas hueras de una tierra prometida que nunca llega, aunque siga exactamente en el mismo lugar!

Esto es lo que evocan Palestina e Israel. Porque todas las ecuaciones y soluciones están en el lejano oeste americano. Israel es su 51º estado. La entraña más sensible del Imperio. De facto, así es.

Trump ya lo manifestó hace meses ante sus hermanos de partida, cuando anunció ufano que su hija ‘estába a punto de tener un bebé judío’.

Ivanka Trump tiene tres hijos. Está casada con Jared Kushner, yerno- consejero de Trump. Kushner es el fontanero osado de las cloacas de Oriente Próximo. El ingeniero de palacios y mazmorras. Ella, la empresaria y sacerdotisa que consagra la sacra alianza en sus entrañas. Entre los dos, suman dioses en el nuevo panteón de Agripa. ¡Go West!.

El sello ideológico de esta unión se conoce como dispensacionalismo. Y es que Israel es sagrado para los evangélicos que asumen estas tesis.

La clave de bóveda de este edificio de culto la encontramos en Cristianos Unidos por Israel, organización que cuenta con 2 millones de afiliados en los EEUU. Son los auténticos garantes del Estado hebreo. En realidad se sienten sus propietarios. Son como el silencioso magma que asoma por las grietas de tierra santa.

El dispensacionalismo surge a mediados del siglo XIX. Fue obra de John Nelson Darby. Este teólogo, cuyo nombre fue puesto en honor del almirante Nelson, llegó a la conclusión de que tanto Israel, como la Iglesia, no forman un único pueblo de Dios, sino que tienen dos destinos separados. Entre otras muchas cuestiones, estas tesis sostienen que cuando el mesías descienda a tierra santa, los judíos entrarán en masa al evangelismo, religión que es la verdadera. El pueblo de Israel debe de ser reunido en su tierra, como está prometido en los pactos, de ahí el apoyo al Estado hebreo.

Con toda la complejidad que despliega el dispensacionalismo, Derby no difería de la contumacia de nuestra especie en convertir a errantes en adeptos cuantitativos, utilizados para inflamar las certezas de los salvadores de almas.

Los profesores Mearsheimer y Walt, profesores de Chicago y Harvard, iniciaron-con valentía- el debate sobre la relación de EEUU e Israel, en un polémico artículo en la revista London Review. Esta fue la base para la publicación del Lobby Israelí (2006), donde exponen con rigor la extraordinaria fuerza del dispensacionalismo, y cuestionan su influencia en la política exterior estadounidense.

Según Walt y Mearsheimer, «los dispensacionalistas interpretaron la toma por parte de Israel de todo Jerusalén y de Cisjordania, como el cumplimiento de la profecía del Antiguo Testamento, y estas señales les animaron tanto a ellos como a otros cristianos evangélicos a ponerse a trabajar para asegurarse de que Estados Unidos se hallase en el bando correcto de cara al plan bíblico del final».

Todo pasa por el Israel metafórico. Cualquier crítica fundada y razonable despierta un leviatán que farfulla la ira de un Estado que no puede garantizar ni respetar los tratados internacionales, y la frustración de un pueblo cuya humillación es televisada a diario mientras sorbemos la sopa.

Pero no hay nación que utilice Palestina para mostrar su lealtad a la causa islámica o anti imperialista, lo que extrañamente viene a ser lo mismo en gran parte de sus proclamas. Palestina es como una pelota de cricket, que unos y otros golpean en un campo de juego embarrado. Siempre débil y dependiente de la ayuda exterior. Convertida en el Bantustán de la infamia contemporánea. y sumida en la mito praxis del oprimido.

Dicen que los árabes se ponen de acuerdo en no estar de acuerdo en nada. En realidad se trata de un dicho muy complaciente con un mensaje esencialmente tribal. Sería como decir que la ‘humanidad no se pone de acuerdo en nada’. Ahora sustituye humanidad, por los ‘árabes’, y ya tenemos un cosmos aparte.

Por no mentar Jerusalén, el astro rey de este laberinto. Esta lucha capitalina no se puede valorar en términos utilitarios, sino afectuosos. Son los símbolos de tierra santa los que se heredan, y por los que se parten la cara, si es preciso. Pero se trata de un símbolo puramente territorial, casi desprovisto de ideología, lo que nos da una idea de la degradación del por qué se lucha.

Después de la intención del jefe del imperio de trasladar su embajada a Jerusalén, se ha sucedido el acto reflejo preceptivo de la Organización de Cooperación Islámica (OIC, por sus siglas en inglés): Jerusalén es la capital eterna de Palestina. Y así podríamos estar en este frontón hasta el fin de los tiempos.

A la cabeza se ha situado Turquía, como falso émulo de Occidente, anunciando exactamente lo mismo que su socio y aliado principal de la OTAN. Los turcos, desde tiempos de Sinan el arquitecto, son como la luna de Europa, es decir, el reflejo de nuestro continente. El gozne-ya desquiciado- que soporta las tensiones de la batiente euroasiática. Sin ideas, se dedican a reproducir lo peor de ese ‘Occidente’, para luego criticarlo sin piedad.

Desde esta perspectiva, toda arenga pro palestina resulta como mínimo un alegato insoportable de cinismo.

De hecho, el intercambio comercial entre los países de población musulmana e Israel no ha dejado de crecer. El primero, Turquía. Muy probablemente este sea uno de los motivos por los que Erdogan-papá sultán-haya decidido anunciar el establecimiento de su embajada en Jerusalén. El alborozo de los adictos al neo califato otomano ha sonado a fanfarria, pero ya se ha disipado con la misma grandilocuencia con la que se anunció.

Otros países árabes no tienen nada que envidiar al turco. Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Kuwait, Líbano, Bahrein, Egipto o Jordania, también han sido acusados de comerciar con Israel, a través terceros países o directamente .

Egipto y Jordania, son los países ‘árabes’ que tienen embajadas en Tel Aviv- y se benefician de las «Zonas Calificadas Industriales», donde productos, especialmente textiles, pueden acceder, libres de impuestos, al mercado estadounidense, a cambio de tener un mínimo de componentes israelíes.

La conclusión de esta aproximación es obvia, aunque resulta muy incómoda. Los palestinos están y estarán casi siempre solos, a menos que ofrezcan algún rédito político a cambio, salvo muy honrosas excepciones, como la movilización internacional de la sociedad civil.

Durante se nos ha informado de que existe una comunidad islámica, desde Yakarta a Rabat, dispuesta a apoyar la causa Palestina. Pero tras una visión de conjunto, podríamos decir que pocos Estados quieren una solución a este enigma contemporáneo. Unos por descarado desinterés y cansancio, y otros, porque les es rentable en popularidad. El resultado es un Estado-Israel- seguro de sí mismo, hasta el punto de procrear en ilegalidad perpetua. Se muestran como los héroes de las Termopilas. No son 300, pero su éxito consiste precisamente en convencer al público de su debilidad en medio de la morisma.

Dicen que por cada espartano, había 10 siervos, conocidos como ilotas. Menos es más, de ahí que esa casta de libertarios de Oriente Próximo pueda dominar a todos los ilotas con total displicencia, e incluso anunciarse como la única democracia del Cercano Oriente. Pero no nos engañemos…¡es el dispensacionalismo!

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